¿Conoces cuáles son las emociones básicas?

En los talleres de Educación Emocional que imparto, hay una emoción que es la gran olvidada. Cuando pregunto por las seis emociones básicas*, los alumnos, rápidamente, identifican las siguientes: Alegría, Miedo, Tristeza, Rabia, Asco… ¿Y? Silencio: no nombran a “la gran olvidada”.

 Es cierto que algunos modelos trabajan con las cuatro emociones primarias (alegría, miedo, tristeza y rabia) y, no es de extrañar que “asco” tarde en salir, en ocasiones. Pero, la gran emoción olvidada suele tomar mucho tiempo en revelarse.

 Me apena que entre los recuerdos no encontremos vivencias recientes teñidas de esta emoción olvidada. No solemos darle mucho espacio en nuestro “programado, controlado y previsible” día a día. Sin embargo, continuamente tenemos estímulos que nos la pueden despertar. Pues, la vida está llena de imprevistos e improvisaciones.

Si todavía no has caído en cuál es, te sugiero que pienses en un bebé, que continuamente experimenta esta emoción. ¿Cuándo? Cuando algo le llama la atención y cuando aprende algo nuevo. Cuando está descubriendo el mundo.

Si, con las pistas, todavía alguien no identifica esta emoción, la suele experimentar al caer en la cuenta: ¡la sorpresa!

¿Por qué me interesa tanto nombrar, recordar y despertar esta emoción? Profundamente creo que es muy importante alimentarla, porque mantiene una estrecha relación con la curiosidad y la capacidad de aprendizaje. Considero, que en muchas ocasiones, los adultos damos demasiadas cosas por “sabidas”, abandonando la valiosa actitud del descubrimiento y la motivación por querer conocer. Así, protegemos nuestras creencias y prejuicios, probablemente porque la mayoría de veces nos sean útiles. Pero, existe el peligro de perder oportunidades de aprendizaje y desarrollo. En otras palabras: sin sorprendernos, nos arriesgamos a limitar nuestro potencial.

En un mundo como el actual, en constante incertidumbre y continua transformación. Donde se diversifica y acelera la producción de información, necesitamos elaborar continuamente conocimiento (cómo se hace esto ahora, qué me interesa saber…). Para elaborar este conocimiento, hemos de hacer un proceso de aprendizaje. Si no, nos convertimos en meros consumidores de información (sin valorar si ésta es más o menos fiable). Sorprendernos nos permite pasar a la acción e identificar aquello que queremos descubrir. Nos mueve a hacer el esfuerzo de aprender, cambiar y transformarnos.

Por ello, recomiendo estimular nuestra sorpresa y, así, alimentar nuestra curiosidad: ya sea cambiar de ruta, leer un libro, hacer una nueva actividad, redescubrir a la pareja, dedicar tiempo a “filosofar”, probar conscientemente un plato de comida o profundizar en una disciplina artística.

Recuerda: la sorpresa te ayuda a prepararte para lo inesperado y a reaccionar con tus recursos atencionales. Te alarma de una situación que requiere tu reacción y tu atención. En definitiva, te ayuda a activar los sentidos y a redescubrir el mundo.

 

      Y, a ti, ¿qué te sorprende?

 

 

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