Las emociones ocupan un lugar fundamental en nuestra vida. Cuando son auténticas nos permiten la adecuada adaptación al medio y son fuente de salud mental y física. Por el contrario, cuando las emociones se distorsionan o reprimen son fuente de numerosas patologías orgánicas y psicológicas.

A lo largo de la historia de la psicoterapia el tratamiento de las emociones ha ido variando en función del paradigma dominante. El conductismo se centró en el abordaje correctivo de los estados emocionales disfuncionales con técnicas como la relajación, la exposición o el modelado. Los cognitivistas consideraron la emoción como un fenómeno dependiente del pensamiento y el tratamiento se basó en la identificación y modificación de los pensamientos distorsionados.

Aunque desde nuestra práctica integradora, tenemos también en cuenta estas intervenciones cognitivas y conductuales, consideramos las emociones en la línea de la Psicología Humanista, la cual destaca su valor adaptativo y las concibe como sistemas de orientación y motivación de nuestras acciones.

En consecuencia, el objetivo de la terapia no es deshacerse de ellas sino comprender su significado y aprovechar positivamente la energía que generan de forma orientada. El cambio terapéutico, pues, está orientado hacia la madurez emocional, que implica un mayor conocimiento y manejo de las emociones.

Así, como ya propuso Fritz Perls (creador, junto a su esposa Laura Posner, de la Terapia Gestalt), proponemos como experiencia auténtica permanecer en contacto con la emoción y observar cómo evoluciona y hacia dónde, en lugar de escapar de ella buscando alivio al malestar que genera.

Valorar de este modo las emociones, nos empodera y nos permite el cambio sobre lo que nos pasa, ya que aprendemos que la expresión emocional no es un fenómeno espontáneo sobre el que no tenemos ningún control.

Una forma de iniciar el camino hacia la madurez emocional es la observación e identificación de lo que nos pasa por dentro, conectando con nosotros mismos, con amabilidad y sin juicios.

 

Una buena guía es tener presente y poner en práctica tres actitudes básicas: Conciencia, Responsabilidad y Presencia:

1. Toma conciencia de ti y de lo que pasa por dentro.

2. Hazte responsable de lo que surja, de tus emociones, pensamientos y acciones.

3. Vive en el presente y adquiere nuevos hábitos que te conecten con él.

 

 

 

Bibliografía: «Terapia basada en inteligencia emocional» Nathalie P. Lizeretti

Photo by Marco Bianchetti on Unsplash

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