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Quizá reconozcas alguna de las siguientes frases: “No tengo que pedirte un abrazo. Eso es algo que tiene que salir de ti.”, “Ya deberías saber porqué estoy enfadado.”, “Si no lo hago yo, no lo hace nadie.” ¿Te resultan familiares? 

La vida en pareja no es fácil, pero la complicamos todavía más si damos cosas por hecho, en lugar de preguntar y de pedir. Y es que, bajo el pretexto de que nos conocemos, tratamos de adivinar y exigimos que nos adivinen. ¿Acaso no es evidente qué es “lo que toca” al mantener una relación de pareja?

Pues no; no es evidente. Pueden existir determinados constructos culturales compartidos, cierto, pero cada persona tiene su propia definición de lo que significa ser una pareja. Un aprendizaje familiar diferente, unas experiencias personales y unos ideales específicos. Dar por hecho que compartimos dicha definición puede ser decepcionante. Pero, ¿quién nos dijo que nuestro espejismo era real?

Nuestro espejismo, esas gafas rosas y distorsionadas, se ha ido forjando con lo que hemos aprendido. Innumerables películas, historias y canciones románticas nos han enseñado que todo lo que necesitamos es amor. ¡El amor cubrirá todas nuestras insatisfacciones! Por lo tanto, si me siento vacía, lo que falla es el amor. Si me siento sola o triste, lo que falla es el amor. Si me siento frustrada o irritada, lo que falla es el amor. ¡Qué gran falacia e injusta responsabilidad para las parejas! Pues, de esta manera, sea cual sea la insatisfacción, ya tenemos a la persona sospechosa: la persona con la que decidimos compartir nuestra vida. 

Es esta una creencia comúnmente compartida: nuestra pareja es la designada para satisfacer todas nuestras necesidades. No sólo amor, muchas otras como satisfacción sexual, seguridad, estabilidad, amistad, diversión, contacto, espacio… y, por si fuera poco, además, ¡exigimos que nuestra pareja las adivine! Aunque, muchas veces, ni nosotros mismos seamos muy conscientes de qué es lo que estamos necesitando. 

Por supuesto, durante el enamoramiento podemos experimentar una explosión emocional tan intensa que todas nuestras otras necesidades quedan en un insignificante segundo plano, incluso las más básicas: comer y dormir. Si el lector ha estado enamorado, seguramente, lo recuerda. Pero, por suerte o desgracia, también recordaremos que la primera fase del enamoramiento no dura eternamente. En cambio, la idea de que la otra persona es responsable de nuestras necesidades sí que puede durar indefinidamente, causar frustración y acabar deteriorando la pareja. 

Cuánta culpabilidad y rabia alimentamos con estas dinámicas culpabilizadoras y defensivas. Cegados por la ira, vemos cada vez más distorsionada la caricatura de la otra persona, en lugar de quién es realmente. Desconectándonos de ella y de nosotros mismos. Gastando la energía en boicotearnos, en lugar de contactar con lo que realmente necesitamos.

Aclarar qué necesidades tenemos nos hace tomar responsabilidad a la hora de decidir qué queremos hacer para tratar de satisfacerlas. Y, así, podemos desresponsabilizar a otros de que las cubran. También así, podemos pedir lo que nos gustaría de esa persona, sin exigencias. Lo que, dicho de paso, suele hacer que la otra persona esté más abierta a colaborar con nosotros.

Es decir, en lugar de exigir a la otra persona que “nos demuestre su amor“, podemos compartir con ella que para nosotros es importante el contacto físico, o que nos encanta que nos reconozcan alguna cosa que hacemos para su bienestar.  

 

En cualquier caso, si nos enfadamos porque nuestra pareja no nos da ese abrazo que necesitamos, probablemente rechacemos su contacto en un futuro. Si, pedimos un abrazo, puede que se abra a decirnos qué necesita y establecer un diálogo, teniendo en cuenta los que nos pasa realmente, en lugar de pensar qué es lo que creo que le pasa a la otra persona. 

De hecho, en muchas ocasiones, con sólo identificar qué necesitamos y expresarlo, ya nos sentiremos mejor. Nuestras necesidades están siendo tomadas en cuenta, aunque no sean, necesariamente satisfechas. 

En estos tiempos de confinamiento, en los que estamos condicionados a vivir tan próximos con nuestros seres queridos, quizá podemos aprovechar para conocernos. Para reconocernos. Considerando que conocernos es preguntarnos, no es dar por hecho que una persona se reduce a lo que nosotros podamos pensar de ella.

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