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Si salimos a la calle en una gran ciudad, veremos escenas habituales de niños y niñas mirando pantallas. Lo que no es tan habitual, es ver niños yendo solos al parque o a la panadería del barrio. Conectados a Internet, desconectados del mundo.

No es un fenómeno arbitrario; las ciudades actuales no favorecen el desarrollo de la autonomía de los pequeños. Son escasos los espacios seguros y muchos adultos preocupados en sobreprotegerles para que no sufran ningún riesgo. Parece fácil caer en la ilusión de que la tecnología es una herramienta segura, que les calma, les educa y les mantiene a salvo, tras las paredes del hogar.

Sin embargo, esta sobreprotección es bastante paradójica, ya que, la pantalla es una ventana al mundo que distorsiona la realidad y no ofrece herramientas para relacionarnos con los demás. No enseña cómo iniciar una conversación con el que podría ser un nuevo amigo; tampoco enseña a descubrir cuál es la panadería del barrio con el panadero más amable. Es decir, no todos los caminos están predefinidos como indica Google Maps, ni todas las experiencias se pueden resumir por opiniones de consumidores. Aunque los adultos busquemos proteger a los niños, evitando el riesgo, podemos dejarles sin herramientas para desenvolverse por la vida. Dejándolos, sin querer, desprotegidos.

Además, Internet no tiene porqué ser más seguro que la calle. De hecho, tiene sus propios riesgos. Por ello, es importante que los adultos acompañemos en el desarrollo de la autonomía, tanto en el buen uso de Internet como en la calle. 

Los adultos dificultamos el aprendizaje si impedimos que los niños tengan el mínimo riesgo, la mínima oportunidad de frustrarse, perderse, hacerse daño… La prudencia es valiosa, por supuesto, pero prohibir la experiencia completa suele tener más pérdidas que vivirla. Hablo de la experiencia de salir a la calle como si la ciudad fuera también de los niños. Como si los niños, como dice Tonucci, fueran ciudadanos activos. Porque, si les dejamos, es lo que son. Niños capaces de elegir a qué jugar, qué descubrir, qué hacer con su aburrimiento. Sólo así aprenderán a conocer y diferenciar lo que les va bien y lo que no. Aprenderán a poder compartir con los adultos sus reflexiones o a pedir ayuda cuando la necesiten. 

Contarles cómo es el mundo sin dejarles vivirlo puede impedirles que relacionen sus experiencias con lo que le contamos sobre él. Sin poder aprender de nuestras experiencias… ¡Porque no  tendrán experiencias propias con las que conectar! ¿Cómo explicar que caminar cerca de las vías del tren es peligroso si no ha experimentado el dolor de caerse desde un escalón alto? 

La tecnología ofrece posibilidades maravillosas para el desarrollo, pero romper con la ilusión de que podemos nutrirnos sólo de las tecnologías puede ayudarnos a no cortar las alas a los niños. Los niños que no salen de su casa, pierden el contacto con el mundo físico. Están perdiendo muchas experiencias enriquecedoras que la vida puede ofrecer. 

Desconectarse del mundo es una forma de perder también la oportunidad de cambiarlo. De poder participar, como ciudadano en defensa de la salud, del clima, de la convivencia, del arte o de la justicia social.

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